Guy Bajoit / Renovar el desarrollo

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Cuando me interesé por primera vez en el tema del desarrollo –era el año 1966 y yo tenía veintinueve años–, lo primero que hice fue buscar estadísticas económicas que compararan los diez países más ricos del mundo con los diez más pobres. Naturalmente me encontré con el famoso “PIB” (Producto Interior Bruto per cápita). Este indicador es obviamente insuficiente, lo sé, pero al menos da una idea bastante clara de las desigualdades entre las condiciones materiales y sociales de existencia de las sociedades humanas. Recuerdo que, en 1966, había llegado a la conclusión de que el PIB per cápita de los países más ricos del mundo era, por término medio, 45 veces superior al de los países más pobres. Hay que decir que en aquella época los más ricos apenas llegaban a los 25.000 o 30.000 dólares anuales, mientras que los más pobres se reducían a 150 o 300 dólares por año. Esto me pareció absolutamente indignante y creo que fue la razón principal por la que elegí ser sociólogo del desarrollo. Desgraciadamente, después de seis décadas de cooperación, las desigualdades siguen existiendo. Según los datos del Banco Mundial, los diez países más ricos del mundo en 2019 tenían un PIB per cápita de entre 64.000 y 128.000 dólares anuales, y los diez más pobres tenían un PIB per cápita de entre 700 y 1.500 dólares. Esto nos da una diferencia media de aproximadamente 1 a 43. Por supuesto, todos los países del mundo son más ricos en 2019 que en 1966, pero los que ya eran los más ricos entonces se han vuelto mucho más ricos, mientras que, con algunas excepciones, los que ya eran los más pobres lo son solo un poco menos.

I. Las cuatro concepciones modernas del desarrollo

Entre 1968 y 1970, el profesor (Maurice Chaumont) que me enseñó la sociología del desarrollo y del cual fui asistente, y después sucesor, solía decir: “El desarrollo es la industrialización”. A veces añadía: “y la industrialización es la modernización”. Como es sabido, la modernidad comenzó a finales del siglo XVIII y en el siglo XIX en los países del Norte Occidental (Europa y América del Norte).

La forma en que se llevó a cabo la modernización varió mucho de un país a otro. En los siglos XIX y XX, siguió cuatro caminos bastante diferentes. La Gran Bretaña comenzó con el modelo liberal de industrialización, que luego fue retomado por otros países, sobre todo por los Estados Unidos. Luego vinieron Francia y Alemania: esta última siguió el modelo nacionalista, con sus consecuencias guerreras. Luego vinieron los países escandinavos, que inventaron el modelo socialdemócrata. Finalmente, tras la revolución de 1917, la Rusia soviética inventó el modelo comunista (1).

Ciertamente, podríamos utilizar muchos criterios para clasificar y distinguir estos cuatro modelos. De estos, los dos que me parecen más relevantes son la relación con la libertad en la gestión del poder político y la relación con la igualdad en la gestión del poder económico. En efecto, según su concepción de estas dos relaciones, las clases dirigentes y los Estados se han visto abocados a ejercer el poder político de forma más bien autoritaria o más bien democrática, y a gestionar el progreso económico dando prioridad a los intereses de la clase dirigente y dominante (vía capitalista) o a los de la clase trabajadora, productora de la riqueza (vía socialista y más igualitaria).

Es importante entender cómo y por qué una comunidad humana “elige” un modelo de desarrollo en lugar de otro. Para aclarar esto, debo recordar a los lectores la importantísima diferencia entre un “modelo cultural” y una “ideología”. Un modelo cultural es un conjunto de principios de sentido que definen la “vida buena”, es decir, lo que las personas de una determinada comunidad humana deben hacer, decir, pensar, creer y sentir, si quieren considerarse a sí mismas y ser consideradas por los demás como teniendo una vida digna y legítima, por tanto, una “vida buena”.

Estos principios son aplicables a todos, a cada miembro de una comunidad humana, sea cual sea su posición en las relaciones sociales. Por otro lado, una ideología es una interpretación de los principios de sentido de un modelo cultural por parte de un actor concreto, dada la posición que ocupa en las relaciones sociales. Por ejemplo, los proletarios y los burgueses creían en el principio del Progreso, pero sin darle la misma interpretación; para los primeros, el Progreso tenía que ser social (consistía en mejorar las condiciones materiales y sociales de vida); para los segundos, tenía que ser técnico (era el aumento de la productividad del trabajo mediante las innovaciones tecnológicas y, por tanto, también de los beneficios empresariales).

Aplicado al tema que nos ocupa, podemos decir, por tanto, que los cuatro modelos modernos de industrialización identificados anteriormente son ideologías del Progreso, esto es, interpretaciones distintas de los principios de sentido del modelo cultural progresista por parte de los principales actores implicados en la modernización: la burguesía capitalista, el Estado nacional, el movimiento obrero socialdemócrata y el Partido Comunista. La “elección” de un modelo de modernización depende de las relaciones de fuerza entre estos cuatro actores fundamentales.

Otra cuestión clave es el papel del imperialismo. Desde el principio de su industrialización, los países occidentales necesitaron muchas materias primas (especialmente algodón, minerales, carbón, petróleo). Estas se producían, en gran parte, en los países del Sur del planeta, en primer lugar, a través del trabajo de los esclavos, tomados principalmente de África (unos doce o trece millones) y, en segundo lugar, a través del trabajo de los pueblos colonizados que fueron más o menos esclavizados en sus propios países. Esto duró, primero, hasta la abolición de la esclavitud (por parte de Gran Bretaña en 1838) y, después, hasta el fin de la colonización europea, entre 1947 y 1974.

Para justificar esas prácticas imperialistas, siempre –desde los romanos hasta los chinos, pasando por los turcos, los españoles, los portugueses, los británicos y los franceses, los estadounidenses o los soviéticos–, cuando un país se vuelve suficientemente rico y poderoso, busca imponer su hegemonía a los demás (a todos los demás posibles); siente entonces la necesidad de producir una ideología creíble para disfrazar su saqueo económico y su injerencia política detrás de razones culturalmente legítimas. Por lo tanto, los países hegemónicos siempre pretendieron o romanizar, o cristianizar, o civilizar, o desarrollar,es decir, imponer su propia cultura a los demás y sus intereses económicos al mismo tiempo.

En la época que nos interesa aquí, tras la guerra de 1940-1945, los nuevos países hegemónicos (los Estados-Unidos y la URSS) pretendieron asumir la misión “humanista” global de desarrollar los países que aún no eran suficientemente “avanzados” en alguna vía de la modernización industrial.

Así, desde principios de los años 50, en el mismo tiempo que la descolonización, comenzó la “era del desarrollo”. Muchos intelectuales (economistas, sociólogos y otros) han elaborado teorías del desarrollo y de la cooperación al desarrollo y, para ello, se inspiraron en los modelos exitosos en los países modernizados del Norte que acabamos de mencionar. A partir de entonces, estos intelectuales, muy “orgánicos”, al servicio de los gobiernos de las “nuevas naciones independientes”, comenzaron a exportar estos modelos a los países del Sur que, a su vez, los acogieron e intentaron aplicarlos, sin mucho éxito como ya lo hemos dicho. Setenta años después, podemos comprobar que, con la excepción de pocos países, estos modelos exportados de Europa no “funcionaron”o, en todo caso, no produjeron los resultados que sus promotores esperaban de ellos. Porque es evidente que, 75 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el problema del subdesarrollo no está resuelto, a pesar de su extrema urgencia.De este enorme fracaso surgió el problema de las migraciones del Sur hacia el Norte.

II. Una quinta concepción del desarrollo

Frente a semejante fracaso espectacular, y gravísimo en sus consecuencias para millones de personas, podemos comprender la urgente necesidad de redefinir nuestra concepción del desarrollo. Desde los años 90, algunos intelectuales, principalmente de los países del Sur (sociólogos y economistas), han intentado formular una nueva explicación del subdesarrollo. En general, su explicación de los fracasos es principalmente cultural: sería la inadecuaciónde los modelos de desarrollo importados de los países del Norte respecto de las culturas locales de los pueblos del Sur, lo que explicaría el fracaso de estos. Dicho de otra manera: estos modelos fracasaron porque son modernos, mientras que los que hubieran tenido que aplicarlos no lo son o no quieren serlo.

Esto implica, según estos autores, que el desarrollo no consiste en adoptar la modernidad: ni sus valores, ni su modo de vida, ni sus tecnologías, ni nada que venga de este mundo moderno, nada de lo que él quiso imponer de su civilización al mundo entero por la colonización (2). Por lo tanto, muy lógicamente, para que un modelo económico, político, cultural y social pueda producir el desarrollo de una colectividad humana, tendría que ser inventado por ella mismay, de esta manera, ser conforme a su identidad cultural, a su memoria, a su historia. De allí, el éxito del pensamiento decolonial: los pueblos del Sur tienen que descolonizarse completamente, liberar definitivamente su mente de las huellas que quedaron del tiempo de la modernidad triunfante, pero imperialista (3).

Para decir lo que pienso, me parece que este quinto modelo no tiene más futuro que los cuatro anteriores. ¿Por qué? Porque, como me lo dijo una vez uno de mis amigos bolivianos, “hermano, ¡el mundo ha cambiado!”Sí, ¡por supuesto! Pero cuando el mundo cambia, las condiciones de existencia de sus habitantes cambian también y los actores tienen que inventar nuevas soluciones a los problemas vitales de su vida común. Y estas soluciones no están en el retorno a su pasado, sino en una adaptación a sus nuevas condiciones de vida. Yo creo que los aymaras y los incas fueron bastante desarrollados en el mundo de ayer, pero resucitar su modo de vida en el mundo de hoy es un proyecto condenado al fracaso porque la concepción cultural que tienen los humanos de hoy no tiene nada que ver con la que tenían ayer los pueblos originarios de América Latina.

III. Propuesta de una sexta manera de concebir la política de desarrollo

Asumiendo el riesgo de ver mi propuesta rechazada, simplemente por haber sido concebida por la cabeza de un sociólogo belga y, por lo tanto, europeo, me voy a arriesgar a formular mi propia teoría del desarrollo que nadie conoce (salvo los que fueron mis alumnos entre 2000 y 2018), simplemente porque nadie ha intentado aplicarla en ninguna parte del mundo. Voy a comenzar por un diagnóstico que identifica la causa principal(no la única, pero la principal) del fracaso relativo de muchos gobiernos nacionales, en sus intentos de promover con éxito su propio desarrollo.

Este diagnóstico se basa en la convicción que me he formado tras cincuenta años de observación de casos reales. Estoy convencido que estos fracasos se deben a una contradicción entre los actores dirigentes (los que gestionan la economía y el poder político) y los actores dirigidos (los que tienen que acomodarse a las condiciones definidas por los primeros). Para desarrollar su país, estos actores tienen que colaborar entre ellos para concebir y resolver los problemas vitales que les plantea la vida común en su país (ver el cuadro más abajo). Pero ellos tienen concepciones y expectativas diferentes, y contradictorias, de los medios que hay que poner en obra para resolver estos problemas vitales de la vida común (que yo llamo los PvVc).

Por lo tanto, propongo una definición: el desarrollo es la capacidad de los actores dirigentes y dirigidos de una colectividad humana, cualquiera sea, de ponerse de acuerdo sobre unas soluciones culturalmente legítimas, éticas y sostenibles de los siete problemas vitales de su vida común (PvVc), y de colaborar entre ellos para aplicar estas soluciones. Más sucintamente, el desarrollo depende de la capacidad de los actores dirigentes y dirigidos de resolver las siete contradicciones que conciernen a los problemas vitales de la vida común, tales como se plantean en su colectividad.

Finalidades deseables del desarrollo, es decir, soluciones de los PvVcSegún los intereses de las elites dirigentesSegún los intereses del pueblo, es decir de los ciudadanos dirigidos
1. El bienestar económicoHacer crecer y diversificar la producción de la riqueza…pero cuidando una redistribución equitativa de la riqueza producida.
2. La seguridad ecológicaParticipar en el movimiento de innovación tecnológica…pero cuidando el medio ambiente y los recursos no renovables.
3. La paz y la autonomía internacionalesParticipar pacíficamente en los intercambios internacionales…pero sin perder (o recuperando) el control de los recursos nacionales.
4. La democracia directa y el orden públicoDisponer de un poder ejecutivo fuerte y coherente…pero respetando las exigencias de la democracia política.
5. La coexistencia pacífica y la democracia socialDisponer de una buena institucionalización de los conflictos…pero respetando las exigencias de la democracia social.
6. La socialización y la integración socialSocializar e integrar a todos los nuevos miembros de la colectividad…pero dándoles a todos los recursos que necesitan para cumplir con sus roles sociales.
7. El proyecto cultural de “vida buena”Movilizar al pueblo en un gran proyecto de “vida buena”…pero respetando e involucrando las culturas tradicionales.

Veamos ahora, más detalladamente, en que consiste concretamente cada uno de estos siete problemas vitales de la vida común y cuáles son las siete contradiccionesentre las soluciones que convienen a las elites dirigentes y las que convienen a los actores dirigidos.

El bienestar económico

Producir y gestionar la riqueza necesaria para asegurar el bienestar económico de toda una colectividad humana es una cuestión de colaboración entre dos clases sociales: la clase productora que trabaja para producir la riqueza, y la clase gestora que se la apropia y la gestiona.

En todos los modos de producción, la clase productora tiene una carencia vital que la hace dependiente de la clase gestora: le falta algún bien esencial para sobrevivir (tierras, medios de producción, dinero, medios de transporte, etc.). La clase gestora, que dispone de estos bienes, está dispuesta a proporcionárselos a la clase productora, a condición de que ella aporte un excedente de tiempo de trabajo para producir un excedente de riquezas (más que el valor de su salario o de su costo).

Esta tendencia a la explotación del trabajo, se ha manifestado en el curso de la historia en cualquier clase gestora, sea esta esclavista, feudal, religiosa, comercial, aristocrática, capitalista u otra; sea moderna o premoderna. Esta dominación de la clase gestora parece estar inscrita estructuralmente en la lógica de las relaciones entre las clases sociales, independientemente de quién ocupe la posición de clase gestora: hombres o mujeres; blancos o negros; jóvenes o viejos; creyentes o no creyentes, etc. Las clases gestoras no hacen regalos.

De allí viene la contradicción entre las dos clases: el litigio se refiere a las condiciones de trabajo de la clase productora o a la utilización improductiva (sin preocuparse del interés general) que hace la clase gestora del excedente producido: siempre se trata de una redistribución más equitativa de la riqueza producida.

En ciertas circunstancias, la clase gestora está obligada a anteponer el interés general a su propio interés particular (en cuyo caso está considerada como una clase dirigente), pero la mayoría de las veces ocurre lo contrario; ella prefiere servir primero a su propio interés privado (en cuyo caso está considerada como clase dominante) (4).

Las circunstancias que obligan a la clase gestora a ser dirigente son diversas: por una exigencia del Estado (una ley); por escasez de mano de obra en el mercado del trabajo; cuando necesita urgentemente comprar fuerza de trabajo; y, sobre todo, por la fuerza de los movimientos sociales de la clase productora que exigen un uso más productivo de la riqueza.

Resolver esta contradicción entre las dos clases sociales es una condición indispensable del desarrollo de una colectividad humana. Siempre, las clases productoras tuvieron que luchar contra las clases gestoras. Está claro que la economía social y solidaria podría ser la única excepción real, pero solo a condición de que las empresas sean verdaderamente autogestionadas por todos sus trabajadores.

La seguridad ecológica

Quienes consiguen, gracias a las innovaciones tecnológicas, aumentar la productividad del trabajo de la clase productora y obtener enormes beneficios, no tienen obviamente ningún interés en dejar que los recursos naturales sigan latentes en el suelo a la espera de que las generaciones futuras los necesiten; tampoco tienen ningún interés en no contaminar el agua, el aire, la tierra, el mar, el espacio… Además, la competencia les empuja a aumentar su competitividad para obtener el mayor beneficio posible, aquí y ahora, si quieren mantener sus mercados y conquistar otros nuevos. La contradicción opone aquí los empresarios que necesitan utilizar los recursos naturales para transformarlos y venderlos, y los “habitantes de la tierra” (5) que viven con la amenaza del agotamiento de estos recursos y de las consecuencias de su utilización sobre el medio ambiente y el clima.

Es evidente que esta contradicción es muy vital, por lo tanto, es indispensable resolverla para que el desarrollo sea posible. Pero, para que la clase empresarial capitalista neoliberal proteja realmente el medio ambiente natural, hay que obligarla a hacerlo. ¿Quién la puede obligar? ¿El Estado? No cuando es cómplice de los intereses de esta clase dominante. De allí la importancia del movimiento ecologista, del cual forma parte el movimiento de los “habitantes de la tierra”. Y es aquí, una vez más que, en cada país, un movimiento cívico organizado y poderosodebería obligar, a la vez, al Estado y a la clase capitalista neoliberal a castigar severamente a las empresas que contaminan. Y, también, es aquí donde el movimiento de la economía social y solidaria tiene un importante papel que desempeñar.

La paz y la autonomía internacionales

La contradicción que perturba el desarrollo de un país opone aquí, de una parte, el Estado y los inversionistas nacionales y, de otra parte, los Estados y los inversionistas extranjeros. Y el objeto del litigio es el control de los recursos nacionales, indispensables para el desarrollo. Lo que interesa a los importadores y a los inversionistas extranjeros es que el Estado y los exportadores locales les ofrezcan las mejores condiciones posibles para sus importaciones y la mayor rentabilidad posible para sus inversiones. Para ellos… ¡cuanto más dependiente sea el país del Sur, mejor! Por lo tanto, es de suma importancia que los Estados del Sur y sus gobernantes impongan condiciones estrictas a estos importadores e inversores extranjeros. Entre estas condiciones, hay que insistir en las siguientes.

– Un código de inversiones que proteja los intereses nacionales, que deberían firmar los inversionistas extranjeros y que les obligaría a respetar las exigencias del desarrollo local.

– La nacionalización de los recursos estratégicos: son bienes comunes de todos los ciudadanos de un país. No pueden ser mercancías y servir a intereses privados extranjeros.

– Procesamiento de las materias primas en el país antes de exportarlas. Las materias primas exportadas en bruto aportan mucho menos que los productos semielaborados.

– Diversificación de las exportaciones para no depender de uno o dos productos y practicar una política extractivista que puede agotar la reserva nacional de recursos.

La democracia política

La contradicción opone aquí a los que ejercen los poderes políticos y a los ciudadanos, y su objeto es la gestión del orden interno y del Estado de derecho. Entre estos actores políticos se han producido, a lo largo de la historia, conflictos muy duros, revueltas populares violentas, estallidos sociales que, evidentemente, constituyeron obstáculos decisivos al desarrollo porque lo bloquearon por un tiempo más o menos largo.

El respeto de la ley y del orden político y social es indispensable para el desarrollo. Dos condiciones son necesarias para producir este efecto: la primera es que los ciudadanos respeten las leyes, pero sabiendo que uno de los derechos humano es el de resistir a la opresión; la segunda es que los que tienen los poderes políticos los ejerzan democráticamente, es decir, con moderación, respetando los derechos de los ciudadanos. Disparar a las muchedumbres con perdigones o con granadas lacrimógenas (y por supuesto, con balas reales), ¡no se hace! (o más bien, se hace regularmente pero no debería ser así). Tampoco violar o torturar en las oficinas de la policía, o detener ilegalmente. Esto no debería ser permitido (y no lo es, pero igual, ¡se hace!).

La democracia social

Las contradicciones oponen aquí a varios grupos cuyos intereses (económicos, políticos, culturales) son incompatibles y cuyos conflictos vienen a perturbar los procesos de desarrollo que están en curso, introduciendo la violencia en la vida común. Para que el desarrollo sea posible, un clima de paztiene que reinar sobre la colectividad concernida. La coexistencia pacífica entre todos los grupos de interés que componen una colectividad humana, en toda su diversidad, tiene que ser garantizada. Quiero decir que todos los intereses diferentes, algunos contradictorios, otros complementarios, deben tener el derecho de existir, de expresarse, de disponer de una organización para defenderlos frente al Estado o frente a otros grupos en desacuerdo con ellos; también estas organizaciones deben tener el derecho de negociar sus reivindicaciones con el Estado y con otros grupos; y, finalmente, los compromisos pacíficos que resulten de sus negociaciones deben ser sometidos al Estado que puede, si los encuentra razonables y compatibles con el Estado de derecho, garantizarlos por la ley y hacerlos respetar con su poder.

Para lograr este resultado, es necesario que el Estado instituya unos procesos de institucionalización de los conflictos que permitirían a todos los grupos de interés expresar sus reivindicaciones, organizase para defenderlas, negociar lo que consideran como vital para ellos, establecer entre ellos compromisos y pedir al Estado que los garantice por ley y por su poder.

La integración social

La socialización y la integración de todos los nuevos miembros de una colectividad humana –los que llegaron por nacimiento, y los que llegaron por migración– es también una fuente de contradicción que puede perturbar el proceso de desarrollo. Con algunos porque son jóvenes, con otros porque les faltan los medios para integrarse. Ambos no tienen los recursos necesariospara hacer frente a todos los roles sociales que tendrán que desempeñar: la educación general, la formación profesional, la salud, la cultura, la lengua, el dinero…

Para interiorizar el saber-hacer técnico y relacional que necesitan, deben poder contar con dos organizaciones esenciales: la familia y la escuela. Por lo tanto, estas dos instituciones deben ser objeto de una atención especial del Estado: es su responsabilidad garantizar que todos tengan las mismas oportunidades de adquirir estos recursos, con un esfuerzo y por un precio razonables (no son mercancías). Si la familia y la escuela no tienen los recursos que necesitan para cumplir su misión de socialización y de integración de los nuevos miembros de la colectividad, es muy probable que la delincuencia (la pequeña, la de los jóvenes, y la grande, la de los traficantes de drogas y de armas) se extienda por toda la colectividad y que el desarrollo sea cada vez más difícil de alcanzar.

Un proyecto cultural legítimo

Uno de los mayores problemas que encuentra el desarrollo de un país es el hecho de que su territorio está ocupado por varios grupos étnicos diferentes. Este problema es peor aun cuando uno de estos grupos étnicos está compuesto por los descendientes de los colonos de origen europeo que invadieron este territorio hace cuatro o cinco siglos y se lo quitaron a los pueblos originarios que lo ocupaban.

¿Qué hacer cuando una comunidad contiene varios pueblos pertenecientes a diferentes culturas y cada uno de ellos ha heredado soluciones diferentes a los problemas vitales de la vida común? Por ejemplo: ¿cómo organizar el trabajo con el personal de una empresa, si algunos de sus trabajadores son musulmanes que deben rezar cinco veces al día y no pueden trabajar los viernes? ¿Y si otros trabajadores son judíos, que no pueden trabajar los sábados, y otros cristianos, que quieren descansar los domingos? Según la política multiculturalista que se practica en Quebec, la solución sería negociar con ellos unos “ajustes razonables”. Sin embargo, hay que admitir que la experiencia actual de Quebec no siempre ha resuelto el problema. Sobre todo, porque el problema es a veces más complejo. Pongamos otro ejemplo: ¿qué “ajustes razonables” debería proponer el Estado chileno a los mapuche, uno de los pueblos que ocupaban la mayor parte del sur de Chile mucho antes de que los colonos españoles intentaran apoderarse de él? Tras la independencia (en 1818), el Estado chileno, después de una larga y cruel guerra (¡llamada “guerra de pacificación”!), logró apropiarse de este territorio, repartiendo las tierras entre sus ciudadanos (inmigrantes europeos). Desde entonces, a pesar de las buenas palabras del Estado chileno y de las declaraciones de las Naciones Unidas, los “pueblos originarios” del sur del país nunca han conseguido recuperar sus tierras y sus derechos. Están considerados como “terroristas” y son muy reprimidos.

Por ello, creo que la solución a este séptimo problema vital de la convivencia no consiste en imponer un proyecto común a todos los grupos culturales que componen una comunidad (como han hecho las naciones modernas), sino en instituir una negociación permanente entre ellos, con vistas a tomar medidas concretas que permitan establecer progresivamente un verdadero contrato social y garantizar así una convivencia pacífica para todos.

***

En resumen, si yo fuera presidente de un país pobre (por ejemplo, el país de Utopía), crearía 7 ministerios y me aseguraría los servicios de 7 ministros competentes a los que confiaría la misión de resolver los siete problemas vitales de la vida común y de elaborar políticas concretas de desarrollo.

Notas

 (1) He analizado más detalladamente estas cuatro teorías en un libro destinado a ser publicado en francés:  Le modèle culturel progressiste des Nations industrielles modernes. Este libro compara los cuatro modelos señalados aquí: el de Gran-Bretaña (1780-1901), el de Alemania (1815-1930), el de Suecia (1930-2014) y el de Rusia (1905-1953).

(2) Como decía mi amigo Thierry Verhelst, hoy fallecido, “¡la modernidad es la peor catástrofe que le paso a la humanidad!”.

(3) Por mi parte, reconozco plenamente la necesidad de esta descolonización profunda de las mentalidades, tal como la recomienda Boaventura de Sousa Santos, salvo cuando ella conduce a un fanatismo intelectual que lleva a rechazar como “colonial” cualquier idea, simplemente porque ha sido formulada por un pensador europeo o norteamericano. Esto me ha pasado varias veces en América Latina en los cuarenta últimos años.

(4) Yo retomo aquí una distinción importante que hacía Alain Touraine entre clase dirigente y clase dominante.

(5) Los “habitantes de la Tierra” es una expresión que ha sido creada por Riccardo Petrella, fundador de un movimiento para la “defensa del derecho universal y prioritario al acceso al agua” (en un mundo donde dos mil millones de personas no tienen acceso al agua potable).

*Esta es la segunda de tres partes de un ensayo que presenta una visión global de la democracia, el desarrollo y el socialismo, preparado especialmente por el autor para el Portal Socialista.

**Guy Bajoit es profesor emérito de Sociología del Desarrollo y del Cambio Social y Cultural en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica); es también investigador del CRIDIS (Centro de Investigación Interdisciplinaria Democracia, Institución y Subjetividad) de la misma universidad y presidente del CETRI (Centro Tricontinental, creado en 1976 por el profesor François Houtart, con la finalidad de contribuir al desarrollo de los países del Sur).

Nota del autor: agradezco mi amigo Mario Sandoval por su relectura meticulosa de este texto y sus numerosas correcciones.

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